jueves, 12 de abril de 2012

Si se apaga la luz

Si se apaga la luz, las piedras narrarán nuestros rastros.



lunes, 12 de marzo de 2012

Brevedades

Mujeres de luna.
Alegres y locuaces caminan.



jueves, 1 de diciembre de 2011

Así sueño, Así imagino tu voz



Un canto oscuro,

 

pulsátil,

 

todo noche él,

 

sexo hablado gota a gota,

 

que ya forja la oculta piel...




Miguel Ángel Berrocal Sánchez.   http://www.doloralfa.org/






miércoles, 12 de octubre de 2011

Nada lo justifica


Los nadie del mundo somos, fuimos y seremos.
Si no damos relevancia a los alguien, ellos serán nadie.
Ídolos de barro que en polvo pasarán.
Tumbas y despojos.
Mi pasado viene de la madre.
El vientre que nos llevó en el origen.
El mismo de todos los seres humanos.
En el nacer y morir nos igualamos.
Hoy se vitorea una fiesta de sangre y lágrimas.
Campos de sal y muerte a los descendientes.
Cuantos se libraron.
Sus descendientes nos están diezmando.






‎Ese día, el pueblo rozaba el barro y preñaba su cuerpo de ácaros y enfermedad.
La mujer no tenía derechos.
Los grandes de la 'patria' hacían uso del derecho de pernada.
A galeras.
De rameras.
La honra estaba en el nivel social al que se pertenecía.
Éramos capricho y juguete.
No cargaré con los pecados de mis amos.
No con los de una mal llamada patria que continuó su expolio allí dónde la Naturaleza era el Paraiso.
Paraiso del que decían su dios había expulsado al 'hombre' por su pecado.
El de querer tener discenimiento propio.







Escucho y se me pone la piel de gallina.
Amparo Ochoa Y Gabino Palomares Maldicion de Malinche
Mi cuna es una tierra gestionada en oligarquía y caciquismo.
Los hijos de la tierra, campesinos, éramos siervos de la gleba.
Rencor se abre en mis venas.
Hubo una comunidad de judios, moros y cristianos que en ese mismo tiempo se dispersó.
Monarquía totalitaria, Los Reyes Católicos.
Una espada que de cruz evangelizadora clavaban en estocada.
Un pueblo que vivía en estado servil y esclavo.
La herencia sigue en las castas dominantes.
Sean de aquí o de allá.
Diezmados estamos todos.
Es un tema de clases, no de nacionalidades.
El peor patrón, el de la mitra y el oro.
El ladrón es el señor.

Me pongo en la piel de mis antepasadas mujeres y de mis antepasados hombres.
Mis abuelos, por ambas partes, en tierras aragonesas.
Sólo sé de la hermana de la madre de mi padre que marchó a Buenos Aires, en tiempos de la República.
Imagino a mis antepasados esforzándose por sobrevivir.
Consiguieron que llegáramos hasta aquí.
De ese intercambio cultural, queda un encuentro, pero a costa de una gran pérdida.
El futuro nos juzgará.
Somos responsables de cada uno de nuestros actos.
Ellos y ellas también lo son.
Los que por cobardía negaron a sus iguales.
Los que por supervivencia entraron en el engaño.
Los que abusaron de su poder.
La Historia debe mirarse con ojo crítico.
La expansión de la cruz es similar a la de la media luna.
Guerra santa o santificación.
Nada lo justifica.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Constanza




En la tenebrosa noche se oyeron pasos.
El largo pasillo no acababa nunca.
Su perlada frente y agitado cuerpo la tenían atrapada en esa pesadilla.
Suerte que su madre la zarandeo.
_¡Que ya son las siete!
_¡Despierta!
Constanza se sentó el al borde de la cama e irrumpió en llanto.

Transcurriría el día en penumbras de pensamiento.

sábado, 11 de junio de 2011

El ratón

Teodoro era un ratón. Pequeño e inofensivo. Era tan fácil de lastimar que a nadie se le ocurría hacerlo. Era como esos jarrones delicados que no te atreves ni a rozarlos por miedo a que se rompan. Su fragilidad hizo que lo acogiéramos como a un niño abandonado. Era así la mascota del grupo, nuestro pequeño Teodoro.
No había tenido suerte en la vida. Sus padres murieron cuando él era un niño y desde entonces vivía con su abuela. Los estudios nunca se le dieron bien, así que acabó trabajando en la pequeña librería de su familia. Eso lo convirtió, para escarnio suyo y regocijo del resto, en un auténtico ratón de biblioteca.
A pesar nuestros esfuerzos, la desgracia perseguía al pobre ratón por donde quiera que estuviera. Su cuerpo era menudo y frágil, pero le bastaba para caminar por la vida, en cambio su mente, su increíble y fallido cerebro, le hacía subir a lo más alto, a un lugar donde nadie podía seguirlo, para luego lanzarlo a los abismos. Los médicos pusieron nombre a lo que le ocurría. Un nombre largo e incomprensible para mí. Diseccionaron su cerebro, lo abrieron como un melón y sólo encontraron pepitas. Definieron lo que le ocurría con una simple ecuación matemática. Fue una pobre labor la que hicieron con alguien tan especial. Yo, al contrario que ellos, pude ver en él algo más que una simple enfermedad. El ratón tenía momentos. Momentos oscuros en los que todo le aterraba, y otros momentos, blancos y sublimes, en donde entraba en un estado de gracia que lo hacía inmenso. Más grande que todos los demás. En esos momentos, que a veces eran pequeños instantes y en otras ocasiones días maravillosos e intensos, el ratón se convertía ante nuestros ojos en un caballo. Un magnífico ejemplar al que admirar en silencio. Entonces se mostraba en todo su esplendor, como un hermoso animal, único y perfecto. Y eran esos lapsos en los que todos nos agrupábamos en torno a Teodoro y paladeábamos su presencia. Daba igual lo que hiciera entonces, no importaba lo que dijera. Sereno, borracho o atiborrado de drogas, resplandecía ante todos, y un estremecimiento recorría la espalda del que estuviera a su lado. Fueron años mágicos los que pasé con él. En los que todo era posible. Cualquier idea descabellada la hacíamos realidad, cualquier mujer era nuestra, toda causa era ganada. No existía ningún impedimento para nuestros planes cuando Teodoro tenía su momento. Pero, tal como se dice, el fuego más vivo se apaga antes que el resto, y Teodoro, después de refulgir tan brillante, cedía su luz y viajaba a las tinieblas en apenas segundos. Y ahí se quedaba, en silencio y a oscuras esperando su próxima aparición.

Un día, cuando Teodoro tenía veintidós años, su fuego se apagó para no volver a prenderse nunca. Ahora mismo estará sentado en la mecedora de su abuela, rodeado de oscuridad y silencio, esperando en vano otro momento de gloria. Ya no es un ratón. Hace tiempo que mi amigo se convirtió en piedra.

Héctor Gomis
http://uncuentoalasemana.blogspot.com